Una de notarios

 

Vaya por delante que la profesión notarial merece todos mis respetos. No diré el máximo, porque para determinarlo hay que llegar a la segunda derivada, pero sí todos los respetos. Y lo digo no vaya a ser que de pronto me encuentre con una caterva de notarios mandándome sus padrinos para una cita al alba junto a la tapia del cementerio.

            Me mueve a esta reflexión un escrito insertado en una red social por un notario en el que se queja de lo que él califica como un “mal profesional” con pretensiones que, según las describe, para mí retratan más a un “delincuente en grado de tentativa” que a un mal profesional, condición que muy probablemente también ostente.  Un individuo que pretende hacerse con un poder de uno de sus clientes con facultades que exceden claramente aquello para lo que se supone que se otorga huele mal, francamente mal. Pero luego, extiende su personal crítica a los numerosos “malos profesionales” que pululan por esos mundos. Pues mire, convengo. Los hay a manojitos. En todos los gremios, notaría incluida.

            A lo largo de cuarenta años de ejercicio profesional he tenido ocasión, como es natural, de trabajar con numerosos notarios y también ahí he encontrado de todo. Ello me permite decir que al menos he encontrado tres tipos: el buen notario, aquél a quien sabes que es conveniente acudir cuando lo que te traes entre manos tiene enjundia, tiene posible “litigiosidad” asociada y por tanto, debes amarrarte los machos. Un segundo tipo es el “notario cómodo”, para uso en aquellas ocasiones en que tiene urgencia la firma de un documento y sabes que no te  va a cuestionar el que la escritura contenga cuestiones pendientes de subsanar a posteriori, posteriores ratificaciones, manifestaciones en el sentido de que se poseen ciertos documentos que no se aportan de momento, pero que se aportarán en caso necesario, etc. Es muy útil cuando se es consciente de que el tráfico mercantil tiene a veces urgencias y que no se puede condicionar al ejercicio de una tutela que nadie les ha atribuido ¿Están de acuerdo las partes? ¿Es ajustado a Derecho lo que se pretende? ¿Hay alguna irregularidad patente o contraria a la moral y las buenas costumbres? ¿No? Pues entonces déjese de monsergas y firme, hombre, que bastante tutelados estamos ya por todas las Administraciones. Y en tercer lugar, está ese notario que cuando a veces algún cliente te plantea alguna firma, tu respuesta es “Eso, en Málaga, si te lo firma alguien, es fulanito…”. Conozco de los tres tipos. Tengo buenos amigos notarios y tengo buenos notarios amigos. No sé si captan el matiz.

            A modo ilustrativo voy a contar un par de anécdotas al respecto. Hace muchos años, concretamente en 1997, luego entenderán por qué recuerdo la fecha con tal precisión, respondimos a la petición de un buen cliente que pretendía pasar una importante cantidad de dinero a sus hijos si es que era posible sin que el Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones se llevara la mitad del importe. Tras un detenido estudio de la operación, vimos que era posible hacer la dación sin sufrir efectos fiscales inmediatos puesto que los hijos eran titulares de una sociedad que mostraba un preocupante desequilibrio patrimonial y a ella se podían ceder determinados activos financieros de los cuales eran titulares los padres, eventuales donantes. Como digo, después de analizar los efectos en donantes y donatarios y en el ámbito de todas las figuras tributarias que pudieran aparecer, ISD, Sociedades, IRPF, etc. diseñamos y recomendamos la realización. El cliente, entonces llevaba ya siéndolo 16 años y luego lo siguió siendo hasta su fallecimiento, tenía su propio notario de confianza, así que no íbamos a intervenir en la firma de la escritura. Le dimos la minuta de la misma y se la llevó él.

            Y hete aquí que llegado el día de la firma me llama desde la notaría con voz que se le notaba demudada y se produce la siguiente conversación (Le pondré un nombre al cliente para no perdernos):

 - Enrique: Rubén, estoy en la notaría y me dice el notario que estoy loco, que cómo se me ocurre pensar en firmar esto...

- Rubén: ¿Loco? Yo te he visto siempre bastante equilibrado ¿Por qué piensa que estás loco?

- Enrique: Porque dice que Hacienda me va a crucificar, pero no sé más. Te lo paso.

- Rubén: Adelante, pásamelo.

- Notario: (Tras un breve saludo en un tono en el que se notaba la condescendencia de avenirse a hablar conmigo) Oiga ¿usted ha sugerido esto? ¿Usted sabe lo que esto paga? Dijo con la altivez de la ignorancia.

- Rubén: Yo sí, el que me parece que no lo sabe es usted.

- Notario: ¿Cómo…?

- Rubén: Mire usted, esto paga cero patatero. ¿No sabe usted que las donaciones en favor de Sociedades no tributan por Impuesto sobre Donaciones sino por el de Sociedades?

- Notario: (se percibía el desconcierto) ¡Caramba, pues no lo sabía! ¡debe ser nuevo!

-Rubén: Pues sí, es nuevo, lo aprobó la Ley 29/1987, es decir que sólo tiene diez años.

Obvio es decir que con aquel imbécil que en un momento de lucidez consiguió aprobar la oposición de Notarías no he firmado una escritura en mi vida.

Y la segunda anécdota se produjo con un notario cuyo nombre ni siquiera conozco, sólo sé que era de Madrid. Durante muchos años he ostentado cargos directivos en la Asociación Española de Asesores Fiscales, Delegado Autonómico en Málaga, Vicepresidente y Presidente nacional. Todos ellos exigen dedicación, pero sobre todo la Presidencia tiene unas exigencias de tiempo importantes, que hace que no puedas estar más de cuatro años en el cargo. Debes asistir a reuniones, Jornadas, Congresos, etc., de los muchos que organizan tanto la propia asociación como otras instituciones, AEAT, CGPJ, IEF, Universidades, etc.

En una de ellas no recuerdo quién la organizó pero sí que se celebraba en el Instituto de Estudios Fiscales de Madrid. Además de representantes del mundo profesional asistía la cúpula de la AEAT, del Ministerio de Hacienda, etc. Son esas reuniones en las que alguien empieza a disertar acerca de las posibles interpretaciones del artículo no sé qué de la Ley de no sé cuántos y que, al cabo de un rato, provocan inevitablemente que se te activen de forma inexorable las bisagras de la boca y se produzca el inoportuno bostezo. En esa tesitura lo más habitual suele ser simular una llamada telefónica y salir a ejercer mi único vicio confesable: fumar un cigarrillo. Casi al mismo tiempo que yo se produjo otra salida de otro asistente que ejercía el mismo vicio que yo, pero solo a medias. Yo compro tabaco y fumo. Él sólo fuma. Siempre de los amigos. Dice que si compra tabaco fuma demasiado. Tendría que probar a ver… Un tío competente, muy competente, no sólo en lo fiscal, es un tributarista de primera fila, también en lo personal. Tiene un saque que cuando vaya a Madrid voy a ver si lo localizo y nos agenciamos un cocido de esos que duran hasta las siete de la tarde.

Pues estábamos allí charlando tranquilamente y dándole al vicio cuando me llama un cliente importante del despacho. Esta vez de verdad, no simulado. Ya advierto que el relato va a quedar algo incompleto porque no recuerdo qué es lo que me dijo que había hecho. Y me quedé de piedra. Verán, hay dos tipos de clientes en los despachos de asesoramiento fiscal. Clientes del tipo 1. Te llaman y te dicen “Oye, quisiera hacer esto, por favor, estúdialo a ver cómo lo podemos hacer”. Y clientes del tipo 2. Son los que dicen: “Mira, he hecho esto, a ver cómo lo arreglamos”. Claro, estos últimos tienen más peligro que un obús, porque muchas veces lo único que puedes intentar es minimizar los daños colaterales.

Pues bien, siendo un cliente claramente del tipo 1, en esta ocasión se comportó como tipo 2 y había hecho algo que aparejaba graves consecuencias fiscales. Le expliqué el porqué de que tal o cual exención no le fuera aplicable y que había metido la pata. Y él insistía “No es así, me  ha dicho el notario que eso no paga…” “Me lo ha dicho el notario…” Llegados a este punto le dije: “Mira, te voy a enunciar de memoria los requisitos que hay que cumplir para que lo que tú has hecho estuviera exento de tributación. La ventaja es que me está escuchando un compañero mucho más preparado que yo y si me equivoco me podrá corregir y así te quedas tranquilo”. Y eso hice, fui desgranando los puntos que había que cumplir para lograr el beneficio fiscal mientras mi amigo asentía con la cabeza. Y cuando terminé le dije “Ahora le voy a acercar el teléfono a mi amigo por si quiere añadir algo más”. Lo hice y sólo añadió “Con la inestimable colaboración del notario”. Era el Director General de Tributos.

Y tengo más, pero para otra ocasión. Nihil prius fide.

 

 

Rubén Candela

Asesor Fiscal |Economista