NUEVO RUMBO EN LA A.E.A.T.

Como posiblemente sabe la mayoría de los lectores hace poco se publicó por parte de la AEAT un borrador del plan de prevención del fraude fiscal. Borrador que ha debido elevarse a definitivo a tenor de la campaña mediática que afirma que más de 300 medidas se dirigen ya contra ciudadanos insolidarios de negras intenciones. En el BOE sólo ha visto la luz el Plan de Control Tributario 2005 que, con perdón, se diferencia muy poco del de 2004. Así que en cuanto a intenciones, por el estilo; en cuanto a actuaciones veremos si se hace lo que se puede o si se puede hacer algo más contra el fraude.

 Y creo que se puede hacer. Por dos vías, la de no hacer y la de hacer, si se me permite el juego de palabras. La de no hacer normas con vigencia limitada a unos meses, -hay artículos en la Ley del Impuesto sobre Sociedades que han tenido tres redacciones distintas en menos de un año – normas que han cambiado antes de que el contribuyente haya asimilado la anterior, no diseñar planes de inspección orientados exclusivamente a comprobar lo declarado y no a investigar actividades excluidas de control fiscal, no hacer requerimientos repetidos siempre a los mismos contribuyentes y por los mismos conceptos, no apremiar indebidamente sanciones recurridas y, por tanto, suspendidas, etc.

En definitiva, no hacer nada que recuerde al contribuyente la existencia del tributo más allá de lo estrictamente necesario. Aplicar la conocida ley psicológica de que los estímulos dolorosos recibidos a intervalos regulares van siendo de intensidad decreciente. Lo contrario mantiene al ciudadano en una tensión constante que le hace soñar a todas horas con la Hacienda Pública, tratando de imaginar cuál será su próximo invento.

Y en lo relativo a “hacer”, tener presente que en una época en que el diálogo y la negociación forman parte de las relaciones sociales en todos los ámbitos, en unos momentos en que la pura y simple represión en abstracto es criticada, atribuyendo a la palabra reminiscencias siempre negativas de épocas pasadas, lo tributario no puede ser una excepción. Pretender erradicar el fraude por la única vía de la norma sancionadora es un error cuyas consecuencias se van viendo día a día.

Un contribuyente descontento con la Administración, que pague exclusivamente impulsado por miedo a las posibles sanciones no cesará de idear nuevos métodos y procedimientos para eludir el tributo. Un contribuyente convencido de la procedencia y equidad del impuesto se convertirá en un colaborador, si no entusiasta, sí al menos resignado de la Administración Tributaria.

No olvidemos que la resistencia al pago del tributo puede ser de distintos tipos: la que opone todo individuo a desprenderse coactivamente de lo que considera suyo y la derivada de considerar excesivo el impuesto-precio de los servicios que recibe a cambio del Estado. Materialicen pues nuestros gobernantes adecuadamente el fruto de los impuestos, expongan claramente la concreción de los mismos, corten de raíz toda insinuación acerca de la existencia de enclaves privilegiados, doten, en fin, a todas las Administraciones Públicas de la eficacia esperada por “el personal” y habremos recorrido un buen trecho para la erradicación del fraude. Y entonces contemos con leyes represivas para los ciegos que no quieran ver.

Y por último una cuestión. ¿Opinan que lo expuesto se corresponde con los tiempos que vivimos? Pues en más de un 90% es copia exacta de un artículo que publiqué en el Diario SUR de Málaga el 17 de septiembre de 1984. Ustedes dirán si está obsoleto.

Rubén Candela

Economista y Asesor Fiscal