Una de gorrillas

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Aquellos que frecuentamos la Ciudad de la Justicia de Málaga, sabemos que podemos disfrutar de un confortable aparcamiento situado frente a la misma. Si no fuera por los baches, el polvo que tragas en época de sequía y el barro que lo hace impracticable cuando caen cuatro gotas, sería perfecto. Y que Dios nos lo guarde muchos años porque si desaparece, también desaparecerá la posibilidad de ir en vehículo propio.

                Ahora está más organizado. Lo explota una Asociación de Inválidos o algo así y tiene una serie de “gorrillas oficiales” que te entregan tu ticket, te saludan educadamente y hasta han puesto una barrera, no sé para qué, pero la han puesto y allí uno de ellos tiene como misión subirla y bajarla cada vez que entra un coche. Se gana el sueldo el hombre. Pero antes funcionaba con gorrillas espontáneos de esos que hacen aspavientos cuando estás a medio kilómetro y se desgañitan señalando un hueco, disputándose el cliente con el compañero más cercano. Estos, como saben, abundan por toda la geografía urbana y tienen mala prensa, sin embargo debo decir que jamás he tenido ningún incidente con ninguno de ellos. Aunque también debo decir que suelo pagar religiosamente el peaje.

                Cuento esto porque me viene a la memoria un episodio que viví con uno de ellos hace unos meses. Llegando al aparcamiento y tras los gestos de rigor, uno de ellos me “captó” para un hueco que había en sus dominios. Aparqué y, al bajarme del coche, me di cuenta que no llevaba ni un céntimo suelto, solamente un billete de veinte Euros, por lo que le dije lo que pasaba y le pregunté si tenía cambio. Negó con aire desolado y entonces le dije que al salir le pagaría el eurito en cuestión. Me miró como diciendo “A mí me la vas a dar tú” y se retiró resignadamente. Al cabo de un rato, cuando salí, compré tabaco en un quiosco que entonces había en la puerta (no sé porqué, pero ahora ha desaparecido) y cuando iba hacia el coche vi a lo lejos al gorrilla, le hice señas y cuando acudió le di el Euro y le dije “Tenga, que antes no tenía suelto”.

                Y ahora el gesto sí que fue para verlo. Me miró como si acabara de ver un gorila, la boca se le entreabría como a punto de babear y me soltó: “Ozú, maestro, me tié usté ganao pa toa la via..”

                 Un Euro. Me acordé de la letrilla. “Y me bendijo a mi mare/ le di una limosna a un pobre / y me bendijo a mi mare/ qué limosna más chiquita / qué recompensa más grande.”

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